Revista Cultural.

EDITORIAL.

Hola.
Volvimos, al fin y con un nuevo número de la litera-dura.
Este mes vamos a abordar el tema de la importancia de la comunicación. Les mandamos un saludo desde este espacio a todos los profesores y por supuesto les deseamos un ciclo escolar de excelencia a todos los estudiantes que forman y conforman este foro.

Tú hablas una lengua, en este caso el español, sin embargo, muchas veces te cuesta trabajo decir lo que quieres, lo que piensas o lo que sientes.
¿Por qué?
a) ¿No encuentras como expresarlo?
b) ¿Te equivocas continuamente cuando lo intentas?
c) ¿Tartamudeas?
d) ¿Se te enredan las palabras?
e) ¿No te entienden los demás?
f) ¿Te asaltan los nervios?
g) Te asaltan tantas ideas que por principio ¿no sabes cómo proyectarlas?

Cuando lees, tampoco captas con facilidad el mensaje escrito.
¿Por qué?
a) ¿Te aterra leer en voz alta?
b) ¿Temes no pronunciar bien ni dar la entonación adecuada?
c) ¿Se te confunden los vocablos?
d) ¿Te encierras en la lectura silenciosa para poder comprenderla?
e) ¿Sientes inseguridad?
f) ¿Se te dificulta a la vista?

Y que tal cuando tienes que escribir…
a) ¿Qué hacer?
b) ¿Qué decir?
c) ¿Cómo resolverlo?
d) ¿Dónde?
e) ¿Cuándo?
f) ¿Quién lo va a leer?
Y es evidente que tú mismo intuyes ¿El por qué? Y ¿El para qué? De la escritura.

En este espacio vamos a procurar guiarte y a crear un breve espacio de estrecha comunicación por que no existe una forma más competente de aprender a expresarte, sino, a través de un foro de expresión. Entonces, entre tu voz interior y la voz ajena se va a desarrollar completamente esta revista cultural. Cada ser humano tiene una capacidad de significación latente, sea lingüística en particular o semiótica en general; esto es, una aptitud dormida o adormecida para comunicarse y realizar cosas con las palabras. Despertémosla. Usémosla en todas sus funciones y en el mayor número de sus productos. Sólo así seremos más competentes en la realización de los diversos actos de habla y objetos-lenguaje que requiere la sociedad donde nos desenvolvemos como seres humanos.

Le tengo rabia al silencio
Por lo mucho que perdí
Que no se quede callado
Quien quiera ser feliz.
Atahualpa Yupanqui.




Atte. Andrés Galván.

lunes, 16 de noviembre de 2009

LUIS BLANCO VILA.

Cansancio de la razón.

Durante más de tres siglos, desde que sir Francis Bacon, vizconde de Saint Albans, barón de Verulam, anunciara, a finales del XVI, que la inteligencia hu­mana podría abarcar el conocimiento total y definiti­vo del mundo en un plazo razonable —afirmación que trataría de describir en su utopía de 1627 la novela No­va Atlantis, la real posibilidad de un estado científicamen­te organizado y perfecto—, el hombre estuvo soñando en esa posibilidad, hasta que se dio cuenta de que, como diría David Herbert Lawrence, "cuantos más miste­rios desentrañes, más misterios encontrarás".
Tres siglos después, digo, de la afirmación/prome­sa de Bacon, el hombre, el intelectual, decidió echar esa esperanza por la borda y reclamar para él más vida y menos explicaciones de la vida. Surge así eso que D'Ors llama el espíritu fin-de-siglo, mezcla de desen­canto y de cinismo, negación de la confianza en la ra­zón, incluso autocomplacencia en la duda y en la cri­sis de los valores que durante tanto tiempo se habían tenido por seguros.
La repercusión sobre el arte y la literatura se mide en fórmulas de vida rescatada. No hay valores esta­bles, no hay dogmas, nada es de acuerdo con los cá­nones antes venerados, lo estético no tiene nada que ver con lo moral, el arte es libérrimo, la escritura -como el pensamiento- no delinque.
Pero al fondo el problema de la existencia sigue in­tacto, sin resolver. Al fin y al cabo, la libertad, la bon­dad, la belleza, la honradez o la maldad no son más que atributos de la existencia; nadie es nada adjetivo sin el sustantivo del ser.
La diferencia entre ser y estar, entre esencia y existen­cia acaba resumiéndose en ser y estar al tiempo, verbosque pueden o no tener sentido en sí mismos o en ra­zón de sus fines, si son algo más que una apetenciainstintiva.
La literatura no hará más que poner de relieve to­dos estos vaivenes en forma de reflexión de la mente humana. También los frutos de esa rebeldía instintiva, de sus pasiones, de sus decepciones y de su decaden­cia camino de la desaparición. Pero con una diferen­cia con respecto a los siglos anteriores: como el arte —y la literatura lo es— carece de trabas morales, no tie­ne por qué aceptar tabúes, prohibiciones, censuras... Todo lo humano, decía San Agustín, me atañe. Los escritores, a partir de la rebeldía de los "malditos" y, sobre todo, después de la crisis del fin del siglo XIX, que se resolverá traumáticamente con el estallido y la desolación de la Primera Gran Guerra, integran todo lo humano en la realidad de los sufrimientos o las ale­grías del hombre. Nada es necesariamente obsceno o asqueroso si pertenece a alguna de las facetas del hombre; rechazar la sexualidad, la maldad, la crueldad, el odio, las aberraciones de todo tipo, eso no le corresponde al escritor, sino al moralista o al juez, si se convierte en delito. El escritor es capaz de encon­trar belleza en la decepción, en el odio, en la perver­sión... El hombre no es sólo el ángel, sino también el asesino y el violador. Baudelaire nos dijo que en la carroña hay una fuente de hermosura verbal.

Luis Blanco Vila.
Texto tomado de su libro "La literatura contada con sencillez".

UMBERTO ECO.


Sobre algunas funciones de la literatura.

Cuenta la leyenda (y si no es verdadera, es una buena ocurrencia), en cierta ocasión Stalin preguntó cuántos regimientos tenía el Papa. Lo que sucedió en los años siguientes nos ha demostrado, desde luego, que los regimientos son importantes en determinadas circunstancias, pero no lo son todo. Hay poderes inmateriales, que no se pueden evaluar a peso, pero que de alguna manera pesan.
Estamos rodeados de poderes inmateriales, que no se limitan a los que denominamos valores espirituales, como puede ser una doctrina religiosa. Es un poder inmaterial también el de las raíces cuadradas, cuya ley severa sobrevive a los siglos y a los decretos, no sólo de Stalin, sino incluso del Papa. Y entre estos poderes yo incluiría también el de la tradición literaria, es decir, el de ese conjunto de textos que la humanidad ha producido y produce no con finalidades prácticas (como llevar registros, anotar leyes y fórmu­las científicas, redactar actas de sesiones o disponer horarios ferroviarios sino más bien gratia sui, por amor de sí mismos; textos, además, que se leen por deleite, elevación espiritual, ampliación de conocimientos, incluso por puro ocio, sin que nadie nos obli­gue a hacerlo (si prescindimos de las obligaciones escolares).
Es verdad que los objetos literarios son inmateriales sólo a medias, porque se encarnan en vehículos que suelen ser cartáceos. Pero antaño se encarnaban en la voz de quien recordaba una tra­dición oral, o en una piedra, y hoy discutimos del futuro de los libros electrónicos, los e-books, que deberían permitirnos leer tanto una recolección de chistes como la Divina Comedia en una pantalla de cristal líquido. Aviso enseguida que no pienso demo­rarme aquí en la vexata quaestio del libro electrónico. Yo pertenez­co, naturalmente, a los que prefieren leer una novela o un poema en un volumen cartáceo y siempre me acordaré de las señales que tenía el libro o incluso de lo manoseado que estaba. Pero me dicen que existe una generación digital de hackers que, no habien­do leído un libro en su vida, ahora con el libro electrónico se han acercado y saboreado por primera vez el Quijote. Tanto mejor para su mente y tanto peor para su vista. Si las generaciones futuras consiguen tener una buena relación, psicológica y física, con el libro electrónico, el poder del Quijote no cambiará.
¿Para qué sirve ese bien inmaterial que es la literatura? Bastaría con responder, como ya he hecho, que es un bien que se consume gratia sui y, por lo tanto, no tiene que servir para nada. Pero una visión tan desencarnada del placer literario corre el ries­go de reducir la literatura a jogging o a mera práctica de crucigra­mas; actividades, por lo demás, que sirven para algo, ya sea para la salud del cuerpo, ya sea para la educación léxica. De lo que pre­tendo hablar es, por lo tanto, de una serie de funciones que la lite­ratura desempeña en nuestra vida individual y en la vida social.
La literatura, ante todo, mantiene en ejercicio a la lengua como patrimonio colectivo. La lengua, por definición, va donde quiere ella: ningún decreto desde arriba, ni por parte de la política ni por parte del mundo académico, puede detener su camino y hacer que se desvíe hacia situaciones que se pretenden óptimas. En Italia, por ejemplo, el fascismo se esforzó en hacer que dijéramos "mescita" en lugar de "bar", "coda di gallo" en lugar de "cock­tail", "rete" en lugar de "goal", "auto pubblica" en vez de "taxi", y la lengua no le hizo caso. Luego sugirió una monstruosidad léxica, un arcaísmo inaceptable como "autista" en vez de "chauffeur", y la lengua lo aceptó. Quizá porque evitaba un sonido que el italiano no conoce. Es verdad que ha mantenido taxi, pero gra­dualmente, por lo menos en la lengua hablada, ha ido convir­tiéndolo en “tassì”.
La lengua va donde quiere ir, pero es sensible a las sugerencias de la literatura. Sin Dante no habría habido un italiano uni­ficado. Cuando Dante, en De vulgari eloquentia, analiza y condena los distintos dialectos italianos y se propone forjar un nuevo vul­gar ilustre, nadie habría apostado por tamaño acto de soberbia; y aun así, con la Divina Comedia, gana su partida. Es verdad que el vulgar dantesco tardó algunos siglos en convertirse en lengua hablada por todos, pero si lo consiguió fue porque la comunidad de los que creían en la literatura siguió inspirándose en ese modelo. Y si no hubiera existido ese modelo, quizá ni siquiera se habría abierto paso la idea de una unidad política. Quizá por eso Umberto Bossi no habla un vulgar ilustre.
Veinte fascistas años de colinas fatales, destinos inmarcesibles, acontecimientos imprescindibles y arados que trazan el surco no dejaron, al final, huella alguna en el italiano corriente, mientras que ciertas osadías de la prosa futurista, en su época inaceptables, dejaron muchas más. Y si alguien, hoy, se queja del triunfo de un italiano medio que se ha difundido a través de la televisión, no olvidemos que la exhortación a un italiano medio, en su forma más noble, pasó a través de la prosa llana y aceptable de Alessandro Manzoni y, posteriormente, de ítalo Svevo o de Alberto Moravia.
La literatura, al contribuir a formar la lengua, crea identidad y comunidad. Acabo de hablar de Dante, pero pensemos en qué habría sido la civilización griega sin Homero, la identidad alemana sin la traducción de la Biblia hecha por Lutero, la lengua rusa sin Pushkin, la civilización india sin sus poemas de fundación.
Pero la práctica literaria mantiene también en ejercicio nues­tra lengua individual. Hoy en día muchos deploran el nacimien­to de un lenguaje neotelegráfico que se está imponiendo a tra­vés del correo electrónico y de los mensajes en los teléfonos móviles, donde se dice "te quiero" incluso con una sola sigla; pero no olvidemos que los jóvenes que envían los mensajes con esta nueva estenografía resultan ser, por lo menos en parte, los mismos que abarrotan esas nuevas catedrales del libro que son las grandes librerías de muchos pisos, y que, aun sólo hojeando sin comprar, entran en contacto con estilos literarios cultos y elabo­rados, a los cuales ni sus padres, y aún menos sus abuelos, habían estado expuestos.
Podemos decir que, aun constituyendo una mayoría con res­pecto a los lectores de las generaciones precedentes, estos jóvenes son una minoría con respecto a los seis mil millones de habitan­tes del planeta; y desde luego no soy tan idealista como para pen­sar que a inmensas multitudes que carecen de pan y medicinas les pueda ser de algún alivio la literatura. Pero hay una observación que quisiera hacer: esos desgraciados que se unen en bandas sin finalidad alguna, que matan tirando piedras a las autopistas desde los puentes o prenden fuego a una niña, quienesquiera que sean, no se convierten en tales porque han sido corrompidos por la newspeak del ordenador (no tienen acceso ni al ordenador), sino porque están excluidos del universo del libro y de aquellos lugares donde, a través de la educación y la discusión, llegarían a ellos reflejos de un mundo de valores que llega de y remite a libros.
La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fide­lidad y de respeto en el marco de la libertad de la interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria, leyen­do en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos
sugieren. No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de la interpretación, porque nos proponen un discurso con mu­chos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de la vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado la intención del texto.
Nosotros solemos creer que el mundo es un libro "cerrado" que permite una sola lectura, porque si hay una ley que gobierna la gravitación planetaria, o es la ley justa o es la equivocada; con res­pecto al mundo, el universo de un libro nos parece un mundo abierto. Ahora bien, intentemos acercarnos con sentido común a una obra narrativa y comparemos las proposiciones que podemos enunciar al respecto con las que pronunciarnos con respecto al mundo. Del mundo, decimos que las leyes de gravitación univer­sal son las que enunció Newton, o que es verdad que Napoleón murió en Santa Elena el 5 de mayo de 1821.Y, aun así, si tenemos la mente abierta, estaremos siempre dispuestos a revisar nuestras convicciones, el día en que la ciencia enuncie una formulación distinta de las grandes leyes cósmicas, o el día en que un historia­dor encuentre documentos inéditos que prueben que Napoleón murió en una barca bonapartista mientras intentaba la fuga. En cambio, con respecto al mundo de los libros, proposiciones como Sherlock Holmes era soltero, Caperudta Roja es devorada por el lobo pero luego es liberada por el cazador, Ana Karenina se mata, seguirán siendo verdaderas toda la eternidad y jamás podrán ser refutadas por nadie. Hay personas que niegan que Jesús fuera el hijo de Dios; otras lle­gan incluso a cuestionar su existencia histórica; otros sostienen que os el Camino, la Verdad y la Vida; otros más consideran que el Mesías todavía tiene que llegar; y nosotros, pensemos lo que pensemos, tra­tamos con respeto todas estas opiniones. Pero nadie tratará con res­peto al que afirme que Hamlet se casó con Ofelia o que Superman no es Clark Kent.
Los textos literarios no sólo nos dicen explícitamente lo que nunca más podremos poner en duda, sino que, a diferencia del mundo, nos señalan con soberana autoridad lo que en ellos hay que asumir como relevante y lo que no podemos tomar como punto de partida para libres interpretaciones.
Al final del capítulo 35 de Rojo y negro se nos dice que Julien Sorel va a la iglesia y dispara a Madame de Renal. Después de haber observado que su brazo temblaba, Stendhal nos dice que Julien dispara una primera bala y no le da a su víctima, luego dis­para una segunda y la señora cae. Ahora imaginemos que soste­nemos que el brazo que temblaba, y el hecho de que el primer disparo no diera en el blanco, demuestran que Julien no había ido a la iglesia con un firme propósito homicida, sino arrastrado por un desordenado impulso pasional. A esta interpretación se le pue­den oponer otras, como que Julien tenía desde el principio la in­tención de matar, pero era un cobarde. El texto autoriza ambas interpretaciones.
Se da el caso de que alguien se ha preguntado dónde fue a parar la primera bala. Interesante pregunta para los devotos de Stendhal. Así como los devotos de Joyce van a Dublín a buscar la farmacia donde Bloom habría comprado una pastilla de jabón con forma de limón (y para complacer a esos peregrinos, esta far­macia, que existe de veras, se ha puesto a producir de nuevo ese tipo de pastillas de jabón), se puede imaginar a devotos de Stendhal que intentan localizar en este mundo tanto Verriéres como la iglesia, explorando todas las columnas para encontrar en alguna el agujero que produjo la bala. Se trataría de un episodio de fanship, bastante divertido.
Pero supongamos ahora que un crítico quiera basar toda su interpretación de la novela en el destino de esa bala perdida. Con los tiempos que corren no resulta inverosímil, entre otras cosas porque ha habido quien ha basado toda la lectura de la Carta roba­da de Poe en la posición de la carta con respecto a la chimenea. Ahora bien, si Poe hace explícitamente pertinente la posición de esa carta, Stendhal nos dice que de esa primera bala no se sabe nada más y, por lo tanto, la excluye incluso de la lista de las enti­dades ficticias. Si permanecemos fieles al texto stendhaliano, esa bala está definitivamente perdida, y es narrativamente irrelevante dónde puede haber ido a parar. En cambio, lo que no se dice en Ármame sobre la posible impotencia del protagonista empuja al lector a plantearse frenéticas hipótesis para completar lo que el re­lato calla; en Los novios una frase como "la desventurada respon­dió" no dice hasta qué punto se empujó Gertrude en su pecado con Egidio, pero el halo hosco de las hipótesis que induce en el lector forma parte de la fascinación de esta página tan púdica­mente elíptica.
Al principio de los Tres mosqueteros se dice que d'Artagnan llega a Meung en una jaca de catorce años el primer lunes de abril de 1625. Si se dispone de un buen programa en el ordenador, se puede establecer inmediatamente que aquel lunes era el 7 de abril. Una exquisitez para trivial games entre devotos dumasianos. ¿Puede plantearse sobre este dato una sobre-interpretación de la novela? Yo diría que no, porque el texto no considera relevante ese dato. El curso de la novela no concede tampoco relevancia a que la lle­gada de d'Artagnan cayera en lunes, mientras que se la da al hecho de que fuera abril (recuérdese que, para ocultar que su espléndido tahalí estaba bordado sólo por delante, Porthos vestía una larga capa de terciopelo carmesí que la estación no justificaba, a tal punto que el mosquetero había de fingir que estaba resfriado).
Estas cosas a muchos podrán parecerles obviedades, pero estas obviedades (a menudo olvidadas) nos dicen que el mundo de la literatura es tal que nos inspira la confianza de que hay algunas proposiciones que no pueden ponerse en duda, y nos ofrece, por lo tanto, un modelo (todo lo imaginario que quieran) de verdad. Esta verdad literal se refleja sobre las que llamaremos verdades hermenéuticas: al que dijera que d'Artagnan estaba devorado por una pasión homosexual hacia Porthos, que el Innominado fue inducido al mal por un irrefrenable complejo de Edipo, que la Monja de Monza, como algunos políticos de hoy podrían sugerir, había sido corrompida por el comunismo, o que Panurge hace lo que hace por odio hacia el naciente capitalismo, podríamos contestarle siempre que en los textos a los que nos referimos no es posible encontrar ninguna afirmación, ninguna sugerencia, ninguna insinuación que nos permita abandonarnos a estas deri­vas interpretativas. El mundo de la literatura es un universo en el cual es posible llevar a cabo tests para establecer si un lector tiene sentido de la realidad o si es presa de sus alucinaciones.
Los personajes migran. Podemos hacer afirmaciones verdaderas sobre los personajes literarios porque lo que les pasa está registra­do en un texto, y un texto es como una partitura musical. Es ver­dad que Ana Karenina muere suicidándose así como que la Quinta de Beethoven está en do menor (y no en fa mayor como la Sexta) y empieza con "sol, sol, sol, mi bemol". Pero a algunos personajes literarios —no a todos— les pasa que salen del texto en el que nacieron para migrar a una zona del universo que nos resulta muy difícil delimitar. Los personajes narrativos migran, cuando tienen suerte, de texto a texto, y no es que los que no migran sean ontológicamente distintos de sus hermanos más afor­tunados; sencillamente no han tenido suerte y no nos hemos vuelto a ocupar de ellos.
Han migrado de texto a texto (y a través de adaptaciones en substancias distintas, de libro a película o a ballet, o de la tradición oral al libro) tanto los personajes del mito, como los de la narra­tiva "laica", Ulises, Jasón, Arturo o Parsifal, Alicia, Pinocho, d'Artagnan. Ahora bien, cuando hablamos de personajes de ese tipo, ¿nos referimos a una partitura precisa? Tomemos el caso de Caperucita Roja. Las dos partituras más célebres, la de Perrault y la de los hermanos Grimm, difieren profundamente. En la prime­ra, la niña es devorada por el lobo y la historia se acaba, inspiran­do severas reflexiones moralistas sobre los riesgos de la impru­dencia. En la segunda, llega el cazador, mata al lobo y devuelve a la vida a la niña y a la abuela. Final feliz.
Ahora imaginemos a una madre que les cuenta el cuento a sus niños y se para cuando el lobo devora a Caperucita. Los niños protestarían y querrían la "verdadera" historia, donde Caperucita resucita, y poco valdría que la madre se declarara filóloga de estricta observancia. Los niños conocen una "verdadera" historia donde Caperucita resucita de verdad y esta historia es más afín a la versión de los Grimm que a la de Perrault. Aun así, no coin­cide con la partitura de los Grimm, porque deja caer una serie de hechos menores —en los que Perrault y los Grimm divergen, como, por ejemplo, qué tipo de regalos lleva Caperucita a la abuela— sobre los cuales los niños están ampliamente dispuestos a transigir, puesto que se remiten a un individuo mucho más esquemático, fluctuante en la tradición, ínstanciado en múltiples partituras, muchas de ellas orales.
De esta manera, Caperucita Roja, d'Artagnan, Ulises o Madame Bovary se convierten en individuos que viven fuera de sus partituras originales, y pueden pretender hacer afirmaciones ver­daderas al respecto incluso personas que nunca han leído la par­titura arquetípica. Aun antes de leer Edipo Rey, yo había sabido que Edipo se casa con Yocasta. Por muy fluctuantes que sean, estas partituras no son inverificables: si alguien dijera que Madame Bovary se reconcilia con Charles y vive con él feliz y contenta, encontraría la desaprobación de las personas de sano sentido común, como si se hubieran puesto de acuerdo colectivamente sobre el personaje de Emma.
¿Dónde están estos individuos fluctuantes? Depende del formato de nuestra ontología, si da albergue también a las raíces cuadradas, a la lengua etrusca y a dos ideas de la Santísima Trinidad, la romana por la cual el Espíritu Santo procede del Padre y del lijo (ex Paire Fílioque procedit) y la idea bizantina, según la cual el Espíritu procede sólo del Padre. Pero esta región tiene un estatu­to muy impreciso y aloja entidades de distinto calibre, porque Incluso el Patriarca de Constantinopla (dispuesto a enzarzarse con el Papa sobre el Filioque) estaría de acuerdo con el Papa (por lo menos eso espero) en decir que es verdad que Sherlock Holmes vivía en Baker Street, y que Clark Kent es la misma persona que Superman.
Aun así, se ha escrito en infinitas novelas o poemas que —in­vento unos ejemplos al azar— Asdrúbal mata a Corinna o que Teofrasto ama locamente a Teodolinda, y nadie piensa que se puedan hacer afirmaciones verdaderas al respecto, porque se trata de per­sonajes desafortunados o nacidos mal, que no han migrado ni han entrado a formar parte de la memoria colectiva. ¿Por qué es más verdadero, en este mundo, que Hamlet no se casa con Ofelia que el hecho de que Teofrasto al final se casa con Teodolinda? ¿Cuál es la porción de este mundo donde viven Hamlet y Ofelia y no el desafortunado Teofrasto?
Algunos personajes se han vuelto de algún modo colectiva­mente verdaderos porque, en el transcurso de los siglos o de los años, la comunidad ha realizado inversiones pasionales en ellos. Nosotros invertimos pasionalmente de manera individual en una multitud de fantasías que podemos elaborar con los ojos abiertos o en duermevela. Podemos conmovernos de verdad pensando en la muerte de una persona que amamos, o volver a sentir reaccio­nes físicas al imaginarnos mientras mantenemos con ella una rela­ción erótica, y del mismo modo, por procesos de identificación y proyección, podemos conmovernos por el destino de Emma Bovary o, como les ha ocurrido a algunas generaciones, sentirnos arrastrados al suicidio por las desventuras de Werther o de Jacopo Ortis. Pero, cuando alguien nos preguntara si de verdad ha muer­to la persona cuya muerte hemos imaginado, responderíamos que no, que se ha tratado de una privadísima fantasía personal. En cambio, cuando se nos pregunta si de verdad Werther se mató, res­pondemos que sí, y la fantasía de la que hablamos ya no es priva­da, es una realidad cultural con la que está de acuerdo toda la comunidad de los lectores. Tanto que juzgaríamos loco a quien se matara sólo porque se ha imaginado (sabiendo perfectamente que se trataba de un parto de su imaginación) que su amada ha muerto, mientras que intentamos justificar de alguna manera a quien se la matado por el suicidio de Werther, aun sabiendo que se trataba de un personaje ficticio.
Deberíamos encontrar, pues, un espacio del universo en el que estos personajes viven y determinan nuestras conductas, ya que los elegimos como modelo de vida (de la nuestra y de la ajena), nos comprendemos perfectamente cuando decimos que alguien tiene un complejo de Edipo, un apetito pantagruélico, un comportamiento quijotesco, los celos de un Ótelo, una duda hamlética, o que es un donjuán incurable o una celestina. Y esto, en literatura, no sucede sólo con los personajes, sino también con las situaciones y los objetos. ¿Por qué las mujeres que van y vienen por el cuarto hablando de Miguel Ángel, los afilados añicos de botella engastados en el muro al sol que deslumbra, las buenas cosas de pésimo gusto, el miedo que se nos muestra en un puña­do de polvo, el seto de la yerma colina, las claras, frescas y dulces aguas, la feroz comida, se convierten en metáforas obsesivas, dis­puestas a repetirnos a cada instante quiénes somos, qué queremos, dónde vamos, o lo que no somos y lo que no queremos?
Estas entidades de la literatura están entre nosotros. No esta­ban allí desde la eternidad como (quizá) las raíces cuadradas y el teorema de Pitágoras, sino que, a estas alturas, después de haber sido creadas por la literatura y alimentadas por nuestras inversiones pasionales, existen y con ellas debemos echar cuentas. Digamos también, para evitar discusiones ontológicas y metafísicas, que existen como hábitos culturales, disposiciones sociales. Pero también el tabú universal del incesto es un hábito cultural, una idea, una disposición, y aun así ha tenido la fuerza de mover los destinos de las sociedades humanas.
Ahora bien, alguien dice, hoy en día, que también los personajes literarios corren el riesgo de volverse evanescentes, móviles, inconstantes y de perder esa fijeza propia que nos imponía no negar sus destinos. Hemos entrado en la era del hipertexto, y el hipertexto electrónico no sólo nos permite viajar a través de una madeja textual (ya sea toda una enciclopedia o las obras comple­tas de Shakespeare) sin "desovillar" necesariamente toda la infor­mación que contiene, sino penetrándola como haría una aguja de punto en una madeja de lana. Gracias al hipertexto ha nacido también la práctica de una escritura creativa libre. En Internet podemos encontrar programas con los que escribir historias colectivamente, participar en narraciones cuyo curso es posible modificar hasta el infinito. Y si podemos hacer eso con un texto que estamos inventando con un grupo de amigos virtuales, ¿por qué no hacerlo también con textos literarios existentes, adquiriendo programas mediante los cuales podremos cambiar las grandes historias que quizá nos obsesionan desde hace milenios?
Piénsenlo, ustedes leían con pasión Guerra y paz, preguntán­dose si Natasha cedería por fin a las lisonjas de Anatolio, si ese maravilloso príncipe Andrei moriría de veras, si Fierre tendría el valor de dispararle a Napoleón, y ahora, por fin, pueden rehacer su Tolstoi, confiriendo a Andrei una larga vida feliz, haciendo de Fierre el libertador de Europa, y aun más, reconciliar a Emma Bovary con su pobre Charles, madre feliz y sosegada; podrán deci­dir que Caperucita Roja entra en el bosque y se encuentra con Pinocho, o es secuestrada por su madrastra que, con el nombre de Cenicienta, la mete a servicio de Scarlett O'Hara; o que se en­cuentra en el bosque con un donante mágico que se llama Vladimir J. Propp, que le regala un anillo encantado, gracias al cual descubrirá, en las raíces del baniano sagrado de los Thugs, el Aleph, ese punto desde donde se ve todo el universo: a Ana Karenina que no muere bajo el tren, porque los ferrocarriles rusos de vía estre­cha, bajo el gobierno de Putin, funcionan peor que los sumergi­bles; y, lejos, lejos, más allá del espejo de Alicia, a Jorge Luis Borges, que le recuerda a Funes el memorioso que no se olvide de devolver Guerra y paz a la biblioteca de Babel...
¿Estaría mal? No, porque también esto lo ha hecho ya la literatura, y antes que los hipertextos, con el proyecto de Le Livre de Mallarmé, los cadáveres exquisitos de los surrealistas, los millones de poemas de Queneau, los libros móviles de la segunda vanguardía. Y es esto lo que ha hecho la ajam session jazz. Pero el hecho de que exista la práctica de lajam session, que cambia el destino de un tema cada velada, no nos libra, ni nos desanima, de ir a las salas de concierto donde la Sonata en si bemol menor op, 35 acabará de la misma manera todas las veladas y siempre.
Alguien ha dicho que al jugar con mecanismos hipertextuales eludimos dos formas de represión: la obediencia a peripecias decididas por otro y la condena a la división social entre los que escriben y los que leen. Esto me parece una majadería, pero, desde luego, jugar creativamente con los hipertextos, modificando las historias y contribuyendo a la creación de otras, puede ser una actividad apasionante, un excelente ejercicio para practicarlo en el colegio, una nueva forma de escritura muy afín a las jam sessions. Creo que podrá ser bonito, e incluso educativo, intentar modificar las historias que existen ya, así como sería interesante transcri­bir Chopin para mandolina: serviría para agudizar el ingenio musical y para entender por qué el timbre del piano era tan consustancial a la sonata en si bemol menor. Puede educar el gusto visual y la exploración de las formas intentar collages compo­niendo retazos de los Esponsales de la Virgen, de las Demoiselles 1'Avignon y de la última historia de los Pokémon. En el fondo, muchos grandes artistas lo han hecho.
Pero estos juegos no sustituyen la verdadera función educativa de la literatura, función educativa que no se reduce a la trans­misión de ideas morales, ya sean buenas o malas, o a la formación del sentido de la belleza.
Yury Lotman, en Cultura y explosión (Barcelona: Gedisa, l998), retoma la famosa recomendación de Chéjov por la cual si en una narración o en un drama se nos muestra al principio un fusil colgado de una pared, antes del final ese fusil tendrá que dis­parar. Lotman nos deja entender que el verdadero problema no es si, al final, el fusil llegará a disparar de verdad. Precisamente el no saber si disparará o no es lo que otorga significatividad a la trama; Leer un relato quiere decir también ser presa de una tensión, de un espasmo. Descubrir al final si el fusil ha disparado o no, no adquiere el sencillo valor de una noticia. Es el descubrimiento de que las cosas han ido de una determinada manera, y para siempre, más allá de los deseos del lector. El lector debe aceptar esta frustra­ción, y a través de ella sentir el escalofrío del Destino. Si se pudiera decidir el destino de los personajes, sería como ir al mostrador de una agencia de viajes: "Entonces, ¿dónde quiere encontrar a la Ballena, en las Islas Samoa o en las Aleutinas? ¿Y cuándo? ¿Y quie­re matarla usted, o deja que lo haga Quiqueg?". La verdadera lec­ción de Moby Dick es que la ballena va donde quiere.
Piensen en la descripción que Hugo hace de la batalla de Waterloo en los Miserables. A diferencia de Stendhal, que describe la batalla con los ojos de Fabrizio, que está dentro y no entiende lo que está pasando, Hugo la describe con los ojos de Dios, la ve desde arriba: sabe que si Napoleón hubiera sabido que más allá de la cresta de la meseta de Mont-Saint-Jean había un barranco (pero su guía no se lo dijo), los coraceros de Milhaud no habrían caído a los pies del ejército inglés; que si el pastorcillo que hacía de guía a Bülow hubiera sugerido un recorrido distinto, el ejército prusiano no habría llegado a tiempo para decidir la suerte de la batalla.
Con una estructura hipertextual podríamos volver a escribir la batalla de Waterloo haciendo que llegaran los franceses de Grouchy en lugar de los alemanes de Blücher, y existen wargames que permiten hacerlo, y con gran diversión. Pero la trágica gran­deza de esas páginas de Hugo reside en el hecho de que (más allá de nuestros deseos) las cosas van como van. La belleza de Guerra y paz es que la agonía del príncipe Andrei concluye con la muerte, por mucho que lo sintamos. La dolorosa maravilla que nos procura cada relectura de los grandes trágicos es que sus héro­es, que podrían haber escapado de un destino atroz, por debilidad o ceguera no entienden a qué salen al encuentro, y caen en el abismo que han cavado con sus propias manos. Por otra parte, Hugo lo dice, después de habernos mostrado qué otras oportuni­dades habría podido aprovechar Napoleón en Waterloo: "¿Era posible que Napoleón ganase esta batalla? Nosotros contestamos: no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücher? No. Por causa de Dios".
Esto es lo que nos dicen todas las grandes historias, si acaso sustituyendo el sino a Dios, o las leyes inexorables de la vida. La (unción de los relatos "inmodificables" es precisamente ésta: contra cualquier deseo nuestro de cambiar el destino, nos hacen tocar con nuestras propias manos la imposibilidad de cambiarlo. Y al hacerlo, nos cuenten lo que nos cuenten, cuentan también nuestra historia, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos esa severa lección "represiva". La narrativa hipertextual puede edu­carnos a ser libres y creativos. Está bien, pero no lo es todo. Los relatos "ya hechos" nos enseñan también a morir.
Creo que esta educación al Sino y a la muerte es una de las funciones principales de la literatura. Quizá haya otras, pero ahora no se me ocurren.

Umberto Eco.
Texto tomado de su libro "Sobre la literatura".

domingo, 11 de octubre de 2009


Es glorioso. Luego de revisar, re-estudiar, escuchar duran­te días y días, gloriosos días, las distintas ediciones, desde los discos de acetato has­ta los distintos cidís sin dejar de lado los casetes de Los Beatles, el resultado de escuchar -más gloriosos días- todos esos dis­cos pero ahora en su novísima edición, remasterizada, puede resumirse en una sola frase: es glorioso.
Porque se escucha diferente, más nítido, con relieves, mati­ces, guiños, magia. Para ponerlo en términos científicos: se escu­cha pocamadre.
¿Para qué comprar otra vez todos los discos de Los Beatles si ya los conocemos, de cabo a rabo, todos, incluyendo las más raras de las rarezas, como aque­llas loqueras solistas de John Lennon que se salen de lo "co­mercial", lo conocido?
La respuesta está en el viento que sopla en estos días lluviosos cuando se confunden las gotas del poema que escribió John Lennon y tituló Across the universe, con las gotas de lluvia que chocan contra la ventana.
Es una respuesta amplia, abier­ta, rica en significados, tantos que se pueden escribir ensayos ente­ros, distintos a todo lo que se ha escrito hasta el momento.
Por lo pronto vale atender al menos algunos pun­tos importantes, que resultan de escuchar el opus íntegro bitlemaniano como si se tratara de la primera vez, porque precisa­mente ese es el logro máximo de esta remasterización magis­tral: los ingenieros de sonido se acercaron bastante a su cometi­do: lograr que el disco compac­to se escuche con la calidad -inigualable hasta el momento- del disco analógico, es decir, de acetato, que fue como escuchamos por primera vez, hace rato, a Los Beatles: en discos de acetato y con una calidad hoy (casi por completo) recuperada.
Lo que tenemos entonces ahora es una recuperación en distintos sentidos: recuperamos el sonido original, el cómo so­naban Los Beatles cuándo gra­baron esos discos, pero en reali­dad lo que se recupera es el sentido musical de ese fenóme­no de masas que cambió al pla­neta entero.
Lo más venturoso de todo esto es el retorno de la capaci­dad de asombro hacia el escu­cha, el placer de oír, el disfrute del mensaje sonoro.
Lo anterior parece una pero­grullada. Lo es en la realidad de lo que se ha convertido buena parte de la industria de la músi­ca. En "la era de lo audiovi­sual" pareciera que la capacidad de asombro, el placer de oír, el disfrute del mensaje sonoro no cuenta para nada frente al "po­der" de la imagen, la conversión de símbolos en objetos icónicos, la reducción al absurdo de la mercancía.
La redición remasterizada de todos los discos de Los Beatles desmiente lo anterior y recupera el asombro, el disfrute, el pla­cer. No resulta entonces pero­grullesco sino una gran verdad decir que quien escucha la mú­sica de Los Beatles tiene oído musical, buen gusto, capacidad de asombro y de placer y le vie­ne viniendo guango que para muchos "El Cuarteto de Liver­pool" sea el equivalente a una tienda departamental, un objeto de consumo, un mero referente "nostálgico" ¡Patrañas!
He ahí la gran música: el canto profundo del violonchelo, el corno francés, hiperwagneriano en Yo soy la Morsa; la or­questa de metales a profusión en el canal izquierdo del estéreo mientras en el derecho suena un cuarteto de cuerdas al más puro estilo vienes en el track 13 del álbum Revolver, que junto con Rubber Soul inauguró la era de las grabaciones multi-track.
Y he ahí la poesía: mientras el extraordinario melodista que es Mc Cartney titulaba Huevos Revueltos (Scrambled Eggs) a la naciente Yesterday, maese Lennon escribía lo siguiente en Across the Universe (en versión libre del Disquero): "Las palabras flotan / como gotas de 1luvia en una taza de papel / fluyen mientras trascienden / y avanzan a través del universo / Pozas de dolor olas de alegría / forman una corriente de energía a través de mi mente que se abre / y esa energía me acaricia y me posee".
He ahí lo contrario de la nostalgia. He ahí el gozo: la guitarra slide de Harrison en For you Blue, el corcel que cabalga y atraviesa nuestro cerebro, si po­nemos ambas bocinas como si fueran audífonos, de izquierda a derecha en Good Morning, otro cuarteto de cuerdas de ensueño en She's leaving home, la orques­ta sinfónica en A day in the life, he ahí el buen oído musical de quien escucha a Los Beatles como lo que son: músicos, gran­des músicos, enormes músicos.
Para la historia universal de la infamia queda el momento en que una pinche cucaracha dispa­ró sobre la cabeza del humanista Lennon, en uno más de los crímenes de Estado que nunca se resolverán. Quedan las ense­ñanzas budistas del maestro Harrison. Queda el melodismo sin par del Gran Mac y la nariz desmadrosa de uno de los mejores bateristas, por consenso, de la historia de la cultura rock: el ring ring Ringo Estrella.
He aquí un festejo con música plena de calidad y significado. Gran regalo, grandiosa música. He aquí en toda su potencia la fuerza de Los Bíceps, Los Beaceps, Los Bitles.Además de que, como dijera Ludwig van Beethoven, ¡se es­cucha pocamadre!
Pablo Espinosa (disquero@jornada.com.mx)

Cuento.

La sabiduría del escarabajo…

Caminar temprano por la avenida de reforma es siempre un regocijo y hasta cierto modo relajante, por no decir, que “karmatizante”, me recuerda mis tiempos de bachiller, cuando me iba de pinta, cuando lograba sonsacar a la Lupita o a la Toña para que se vinieran a ver una película conmigo al cine Diana, yo estudiaba en “Santa María la ratera”, o sea, soy la bandota; y siempre me gustaba jalar hacia el oriente; hacia el centro pues, visitar el cine Teresa, el metropolitan y luego ir a echarme unos tacos a la salida del metro Hidalgo. Pero las rucas azotadas del “Colegio Latinoamericano de México” eran de alcurnia y yo me veía obligado a negar la cruz de mi parroquia, tenía que esconder mi código postal para poder salir con ellas y que mejor que invitarlas a pasear a la zona rosa.
Así me fui poco a poco acostumbrando a lo bueno, a lo culto, a lo Kicht, a los yuppies que se escapan de la oficina para que igual que yo alguien les eche un hueso; comencé a pirarle yo solo por esos rumbos pero algo no encajaba, yo la neta soy naco pero sincero, me metía a las librerías ¡Y no! No me hallaba. Pinches aburridas que me metía, sólo de vez en vez, me entretenía observando algún bizcochito, porque eso sí, a las mujeres guapas como les gustan los libros. Los bares eran lo peor, siempre retacados de falsos intelectualoides que estaba muy perro aguantar, te salían con cada payasada, nomas para pararse el cuello, que de filosofía con Nietzsche, si bien te iba, porque estaban también los más pedestres; los que te intentaban seducir con teogonías estúpidas escritas por pelones de la talla de Osho o de Coelho y hasta de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, eran siempre tipos gordos y calvos que al final de haberlos tenido que aguantar todavía te salían con la jalada de que los acompañaras a su “Depa”.
En el redondel del metro Insurgentes se reunían los rockeros, con ellos me entendí mejor, aunque también tenían lo suyo, eran una tribu casi siempre exiliada y por lo tanto, rencorosa de la tribu “chopera”, personajes clavados en su viaje, olvidados del dios de la razón y el sano criterio. Se trataba de un grupúsculo social anacrónico y simpático, unos rucos ya bien ventilados, con las patas charras de su artritis y su cabeza enmalezada, una raza que no era fácil de capear, se azotaban horas platicando del bel-canto sesentero, aquí me hubiera parqueado sino hubiera tenido mis serias diferencias con ellos. TAMBIÉN. Todo hubiera sido miel sobre hojuelas, porque quien se puede aburrir de Pink Floyd, de las Satánicas Majestades, de The Who, de los pájaros, del grupo de Rock más grande que puede existir en el mundo “LED ZEPELLIN y ¡claro! del chaman navajo, rey lagarto, Dios cósmico creador del cielo y de la tierra de todo lo visible y lo invisible, quien fue sentenciado, muerto y sepultado y ha de resucitar algún día a la diestra de la torre Eiffel “Jim Morrison”.
Estos batos eran chidos, era gente que presumía de vida hasta que no caían en su imperativo fervor hacia lo común; cuando agotaban su inmensa imaginación siempre terminaban haciendo afirmaciones pedestres y por demás exageradas. Cuando les preguntabas quien era el mejor grupo de rock, todos parecían bestias amaestradas que terminaban diciendo lo que para ellos es obvio, pero que a mi parecer sólo era un lapsus de güeva mental o de mediatización general; Yo solamente les hacía la preguntar por chingar, porque al final siempre sabía su estúpida e idiotizante respuesta. “Pus los Bitles carnalito”. Los Beatles, No ma…
Si yo pudiera crear el soundtrack de mi vida estaría integrado por canciones de grupos como The clash, Los ramones, Sex pistols, Black Sabbat o de maestros como Bob Dylan, Alice Cooper o ya de perdis de Elvis Costello. Aunque tengo que reconocer que mis autoridades son otras, algo así como la Janis o el Hendrix. Pero los Beatles ¡ni hablar! mejor me pongo a escuchar cumbia. Ese grupo de música aterciopelada y aguamieleras intenciones pretenciosas, que sólo toleran los ignorantes melómanos o los intelectuales de pacotilla que les encanta estar criticando al sistema político y social, pero que a la hora de los madrazos siempre se hacen los que no ven ni escuchan, o que de repente ya son regentes de la ciudad o potentados de algún partido político de izquierda dizque haciéndole sana competencia a los gandayas que siempre se quedan con el poder y que conste que no dije Monsiváis ni hable de peje lagartos.
Por qué odio a los cuatro fenómenos de circo barato importados de Liverpool, la neta por buti cosas, por ejemplo, porque sin mi permiso me han ido sistemáticamente correteando toda mi vida y me han arruinado los momentos más potencialmente sublimes de mi paupérrima realidad, una vez aposte una botella con mi mejor amigo para ver quién era capaz de ligarse a una gringuita que conocíamos en común y no el muy marrano me la ganó recitándole al oído la ordinaría canción “All my loving”, mientras yo hacia mi lucha con el repertorio completo del carnicero chillón Javier Solís… Tenía yo aproximadamente cinco años, mi memoria no da para más, me recuerdo arriba de una mesa y con un gato ronronero rondándome, ambos incómodos y rasgando la tarde con la música de los Beatles, mi primera imagen de existencia se reduce a eso, afortunadamente el gato ya no existe, al menos, él ya no tiene que atormentarse con eso. Pero creo que mi rencor más crudo contra esos tipos es el saber que los Rolling siempre fueron sus peleles, que los Beach Boys quedaron traumados por el éxito ajeno de los ingleses y que mis sagrados Led Zepellin nunca pudieron ser el número uno en las listas de popularidad por culpa de esas ratas Shakesperianas. Los escuche en la secun, los escuché en la prepa y en la universidad fue lo peor porque como todos los chavos universitarios están cruzando en esa edad, por su periodo “Zen”, hablar de los Beatles se les hace lo más culto, usan chancletas, bufandas y hablan dizque serenos para verse interesantes, evidentemente en un mundo mediatizado e idiotizado como este, es muy fácil apostar por los Beatles sin temor a equivocarse, tal vez, por eso dudo de ellos. Me los encuentro hasta en la sopa y como no, si vendieron discos a destajo, tanto que el disco más vendido de los sesenta fue el álbum blanco con 19 millones de discos truequeados, creo que ni la biblia ha vendido tantos tomos, lástima que no los crucificaron a tiempo.
Y el pinche apodo que me pusieron, “el escarabajo”… FUTA… Ya no se a quien culpar, a Kafka o a la idiota con la que salía hace un buen… En el salón nos dejaron leer “La metamorfosis” y para mi mala suerte el huevón protagonista se llamaba igual que yo y todo dio al traste cuando a mi novia que por cierto le “encantaban” los Beatles comenzó a llamarme escarabajito frente a mis amigos; cuando supe que me llamaban el escarabajo, primero hice carritos de coraje e inmediatamente después corte a mi vieja haciéndole saber que tenía un pésimo gusto musical…
Así es, todos estos recuerdos me los provoca el caminar por Reforma, quien lo hubiera dicho creí que el mal karma, estaba lejos pero muy lejos de mí, el día era perfecto, le bajo la muina a las lluvias y el sol no se está portando tan castroso; pero de repente y frente a una vitrina llena de sueños capitalistas observo el regreso de mi pesadilla, “Rock Band Beatles” y “Beatles Remasterizados”. QUE POCA… no se conformaron con robarle su dinero a la generación de nuestros abuelos, sino que también asaltaron a la generación de nuestros padres y ahora impunemente intentan robarnos a nosotros obligando a nuestros hijos a alienarse con ellos, creo que los Beatles tienen once o doce discos en su haber, pues los muy enajenados han comprado toda la serie de discos, fácilmente como cinco o seis veces y siempre por un pretexto comercial distinto. Si éste es el comportamiento besalamano, perdón, beatlemano, la neta a mí que no me inviten porque es inmoral y anticomunista y del grupo que más puedo decir, “hierba mala nunca muere”.
Campos de fresa por siempre.
Déjame llevarte
porque voy a los campos de fresas
nada es real
y no hay nada porque preocuparse
en los campos de fresas eternas.
Es fácil vivir con los ojos cerrados
sin comprender nada de lo que ves,
resulta dificil ser alguien
pero todo (al final) sale bien
a mí, no me importa demasiado.
Dejame llevarte
porque voy a los campos de fresa
(donde) nada es real
y no hay nada de que preocuparse
en los campos de fresas eternas.
Creo que no hay nadie en mi árbol
ha de ser muy alto o demasiado bajo
para que no lo puedas sintonizar,
pero está bien,
es decir, creo que no está del todo mal.
Siempre. ¡No! a veces, creo que soy yo,
pero sé cuando es un sueño,
creo que sé cuando quiero decir "sí",
pero siempre me equivoco
es decir, no creo estar de acuerdo.
Déjame llevarte
porque voy a los campos de fresa
(donde) nada es real
y no hay nada porque preocuparse
en los campos de fresa por siempre...
en los campos de fresa por siempre.
Lennon & Mc Cartney.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cumplió 40 años el Viaje mágico y misterioso de Los Beatles

“And In The End,

The Love You Take

Is Equal To Love You Make”

De la canción The End (1969)




The Beatles




Hay un lugar

Como es del dominio público, todo el mundo (o casi todo) sabe el origen del mencionado grupo, que se dio a finales de los turbulentos y emocionantes años 50. El lugar, el industrioso puerto comercial de Liverpool, en la parte noroeste de la isla británica. Lugar en donde cuatro vehementes jóvenes, gracias a su pasión y tesón lograron trascender, primero en el plano doméstico y posteriormente en plan internacional. Paradojas de la vida, el grupo tuvo que viajar a otro puerto, el de Hamburgo, en Alemania, para trabajar como “teloneros” en bares y centros nocturnos de la famosa calle Reeperbahn, (el “distrito rojo” o la pecaminosa milla, como también es conocido ese espacio), lugar en donde se ubicaba el popular Club Kaiserkeller, en donde se foguearon y tuvieron el afortunado encuentro con una personaje que influyo de manera decisiva en su aspecto. Adquiriendo lo que sería su primera imagen formal y con la que accedieron a la fama, cuando, abandonando la hostil “rebeldía con causa” de las chamarras de cuero, la mezclilla y el pelo engomado (que se remitía a sus influencias rocanroleras americanas), siguiendo el consejo de la fotógrafa Astrid Kirchherr (20 de mayo de 1938, Hamburgo, Alemania), se cortaron el cabello, dejándose la celebrada melena redonda con la que se convertirían en iconos de la juventud inglesa a su regreso a su país, cuando fueron expulsados de tierras teutonas, por laborar sin permiso (además de la minoría de edad de George Harrison) y cuando se volvieron unas auténticas celebridades, en un local en donde realizaron varias “tocadas” o minimalistas conciertos, de la ahora mitológica The Cavern Club, lugar en cuyo escenario fueron “descubiertos” por el inteligentísimo y hábil hombre de negocios Brian Epstein (19 de septiembre de 1934, Liverpool-27 de agosto de 1967, Londres, Inglaterra), convirtiéndose en un relativo corto tiempo en una de las grandes leyendas de la cultura popular mundial.




Las cosas que dijimos hoy




Fue de esta forma, que el industrioso Brian Epstein buscó por todos los medios encontrar un sello discográfico que se interesara por sus pupilos, a los cuales refinó la imagen, vistiéndolos con trajes sastre y puliendo sus maneras en el escenario, abandonando su irreverente comportamiento de sus primeros años de formación y ajuste, cuando se formó la alineación definitiva con la inclusión del baterista del grupo Rory Storm and The Hurricanes, el eficientísimo Ringo Starr, quien sustituyó al acartonado e inmutable Peter Best. Así que posteriormente del incidente en donde fueron rechazados por la Decca Records, después de haber grabado varias melodías en una histórica sesión, bajo el título de The Silver Beatles, su incansable mánager logra que Parlaphone Records (sello originalmente fundado en Alemania, en 1896 por Carl Lindström y que fue subsidiaria de la E.M.I. o Electric and Musical Industries Limited, a partir de la década de los años 30), se interese en los cuatro jóvenes músicos que ya le habían restado el adjetivo “plateado” a su nombre y de esta forma entran en contacto con un personaje que definirá sus aspiraciones estéticas y quien materializará con un alto grado de complejidad técnica y artística, sus propuestas sónicas y líricas. El auténtico “Quinto Beatle” fue el ingeniero de sonido George Martin (3 de enero de 1926, Londres, Inglaterra), talentoso y receptivo profesional que en compañía de los “cuatro fabulosos”, en labores de asistencia, fue enriqueciendo las propuestas de los noveles músicos y juntos trascendieron a la posteridad con un conjunto de obras llenas de un espíritu lúdico, poético, filosófico y en ocasiones, metafísico, que resultan incomparables con otras manifestaciones que surgieron al mismo tiempo por otros participantes de la escena musical británica.




Aquí, allá y en todo lugar

De tal manera que la irrupción en la escena musical de su país se inicia con la interpretación de covers o versiones de melodías grabadas al otro lado del océano, principalmente por conjuntos de color, y posteriormente con sus primeras letras y sus primeras estructuras musicales, que consistían en dos o tres acordes. El grupo va consolidando una fama y un prestigio como creadores que trasciende a su contexto inmediato. Es importante recordar que Liverpool fue un semillero de grupos e intérpretes solistas que por esos años hicieron sus intentos por acceder a la fama en un estilo que fue conocido como Mersey Sound, de manera que The Beatles se convirtieron en proveedores de letras para sus coterráneos y colegas. Así, grupos como: Gerry and The Pacemakers, The Fourmost, Billy J. Kramer With The Dakotas, Peter and Gordon, Chad and Jeremy y solistas como Tommy Quickly y Cilla Black, entre otros, interpretan con gran éxito canciones escritas por la mancuerna Lennon-McCartney, lo que incrementa sustancialmente su fama nacional e inicia la cimentación de una trayectoria internacional. Más tarde, la fama mundial los alcanza, gracias a su primer viaje a los Estados Unidos y su presentación en el popular programa de variedades de Ed Sullivan (1901-1974), actuación que fue presenciada por millones de teleespectadores, lo que provoca que se conviertan en un extraordinario éxito mediático y se inicie el fenómeno llamado beatlemanía.

Así fue como, después de su impresionante presentación internacional, sus composiciones son interpretadas por una constelación de intérpretes de varios géneros y ritmos, gente como Sinatra, Presley, Fitzgerald, Vaughan, Montgomery, Ray Conniff, Tom Jones, Joe Cocker y un largísimo etcétera, artistas que al interpretar las versiones de las canciones del grupo “liverpulita”, las reinventan y las transforman en “clásicos jóvenes” de un gran éxito, situación que contribuyo a colocarlos en un lugar de privilegio en la llamada “cultura popular” mundial y a convertirlos en leyenda cuando todavía se encontraban en plena actividad fecunda y creadora.

Con una pequeña ayuda de mis amigos

Fueron tales las exigencias de su desmedida popularidad y fama, que The Beatles tuvieron que diversificar sus actividades y por este motivo se involucran en un proyecto cinematográfico que, con el formato de un falso documental, muestra la espontaneidad juvenil del grupo, su lúdica convivencia, las desbocadas carreras que les propinaban sus fanáticas adolescentes en un intento de conseguir un trofeo de sus ídolos y por supuesto, la aparición de su música. La obra que se tituló La noche de un día difícil (A hard day’s night-1964), fue dirigida por el eficiente Richard Lester, que repitió en la siguiente obra que siguió gracias al gran éxito de la anterior, en la cinta que fue titulada ¡Auxilio! (Help!-1965) y que continuaba con el espíritu juguetón del grupo en una aventura exótica que involucraba a una extraña secta hindú y un misterioso anillo ceremonial. De tal suerte que estos primeros inicios en el séptimo arte colocaron al cuarteto en la cumbre de la popularidad y los fue preparando para lo que vendría. Como ya se mencionó, su industria lírica fue adoptada de manera temprana por varios solistas y grupos, lo que los convierte en los compositores más interpretados en la historia de la música popular (sólo para el archivo de la constancia, se puede mencionar que la canción Yesterday, tiene más de 4 mil versiones registradas, más las que se acumulen en el futuro), convirtiéndose en parte vital del imaginario colectivo de la población joven de todas las épocas, además de que en su dinámica artística, se volvieron más complejos en las búsquedas poéticas y musicales. En esta exploración, el grupo se embarcó en ambiciosos proyectos que los llevaron a crear obras fundamentales del rock y continuaron con sus afanes cinematográficos. El 26 de diciembre de 1967 presentaron la película para la televisión titulada como Viaje mágico y misterioso (Magical mistery tour), obra dirigida por ellos mismos, en donde se recrea un viaje turístico en un autobús panorámico y en donde el grupo imprimió su inigualable y característico sello estético, con la incorporación de bizarros personajes y varias secuencias inspiradas en pasajes oníricos de Lennon, además de varias sobresalientes canciones hechas para la ocasión. Ya para finales de esa década y en el inicio de la siguiente, cuando ya se habían generado varias crisis al interior del grupo y se iniciaba una separación creativa de sus emblemáticos líderes, el conjunto es filmado en plena efervescencia creativa, cuando el realizador Michael Lindsay-Hogg (1940), captura para la posteridad varios momentos en donde se aprecia el genio de estos personajes en el proceso creativo de sus canciones y en donde también se puede percibir una inevitable ruptura. El documental que fue llamado Déjalo Ser (Let It Be-1970), fue estrenado el 20 de mayo de 1970 y se convierte en el testamento artístico del conjunto, que anuncia su separación profesional el 10 de abril de ese año, en el anuncio que hace público Paul McCartney y con este acto, se inicia la formal leyenda del grupo más famoso de la historia de la música rock.

A través del universo

De manera que la beatlemanía ha sido “cargada y recargada” gracias al empeño de millones de admiradores (y obviamente porque también es un extraordinario negocio para la casa grabadora y para los sobrevivientes del cuarteto) y de manera cíclica, en donde infinidad de artistas de varias disciplinas se han abocado a recrear el acervo y el repertorio de estos artistas, en un ejercicio que, sin duda ha enriquecido la leyenda. En el cine, la presencia de los aludidos ídolos ha sido una constante a partir del momento de su disolución y aun antes. Como se recordará, la primera vez que las composiciones del grupo inspiraron una obra cinematográfica fue en el año de 1968, cuando George Dunning y un talentoso grupo de artistas adaptan la anécdota de la canción El submarino amarillo (Yellow submarine) y crean una obra que es un auténtico homenaje a la imaginación y está considerada como una de las cumbres del Pop Art, además de que el conjunto realizó nuevas canciones para la ocasión. Años más tarde, el grupo filial llamado Bee Gees que también tuvo sus orígenes en los años 60, en complicidad con otras estrellas del momento, se involucran en el homenaje a la obra seminal La Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band) y concretan una cinta que sólo se salva por la música, ya que la trama resulta ser verdadera simpleza. En este ejercicio participaron con la música, además de los ya mencionados hermanos Gibb, personalidades como: Aerosmith; Earth, Wind and Fire, Peter Frampton, Alice Cooper, Billy Preston, Sandy Farina, George Burns, entre otros, la obra data de 1978 y fue dirigida por Michael Schultz. Por otro lado se recuerdan las cintas que han evocado la presencia artística o biográfica del grupo como: Quiero estrechar tu mano (I want to hold your hand-1984, Robert Zemeckis), que recrea el inicio de la beatlemanía en la ciudad de Nueva York y la experiencia de un grupo de amigos que desean estar cerca de sus ídolos. Backbeat (1994, Iain Softly), obra que explora la relación entre John Lennon (Ian Hart) y Stuart Sutcliffe (Stephen Dorff) y la tensión romántica de ambos personajes, experimentada por la presencia de la fotógrafa Astrid Kirchherr (Sheryl Lee), en su estancia en Alemania. Soy Sam (I Am Sam-2001, Jessie Nelson), efectivo drama que narra los avatares de un hombre de capacidades mentales diferentes, interpretado con garra por el actor Sean Penn, en la lucha por la custodia legal de su hija y mientras esto ocurre, la trama es musicalizada por los clásicos de The Beatles en las versiones de artistas contemporáneos. Finalmente, y regresando al punto de partida de este homenaje, la citada cinta fue estrenada en la ciudad de México, en una cadena de cines que no abarcan todas las ciudades de provincia. La mencionada cinta A través del universo, recrea una juvenil historia de amor, en el marco de la vorágine de los acontecimientos, políticos, sociales, históricos y artísticos de los años 60. Epoca en donde los adolescentes Jude (Jim Sturgess), originario de Liverpool y Lucy (Evan Rachel Wood), muchacha norteamericana, se enamoran y su relación se va desenvolviendo, con su participación en la dinámica efervescencia de esos días y con el telón de fondo las canciones del grupo, que van marcando la pauta argumental. En dicha trama aparecen personajes como: el Dr. Roberts (Bono), de la canción del mismo nombre y que evoca a un traficante o pusher, Sadie (Dana Fuch), de la pieza Sexie Sadie; el relajado Jo Jo (Martin Luther), de la célebre Get back; Mr. Kite (Eddie Lizzard), de la circense tonada Being for the benefit of Mr. Kite, etcétera, gozosos caracteres que son recreados en el marco de una impresionante escenografía y extraordinarios efectos visuales, una historia que todo mundo comparte gracias a la permanencia de la música de los estimados compositores ingleses y que muy pronto (o eso se espera), estará disponible en alguna pantalla cercana a nuestros ojos y corazón (o en su defecto, en la disponibilidad del formato DVD).